Todas las palabras que quiero decir, se me rompen en seguida.
Y así comienza el principio.
Y como dice la canción; todos los bares se deben abrir para cerrar las heridas…
Aquí no hay nada mas allá de unas negras palabras (no por nada, sino porque es el color de la fuente) acompañadas de mi propio mundo.
El blus ya no es una buena mezcla con la melancolía, ni el alcohol con el prozac. Son demasiados días mirando la televisión sin ningún compromiso crítico que me impulsara a apagarla, como de costumbre.
Quizás lo que me impulse a escribir, sea más bien, la rabia de guardar en otro documento del Word, que nadie leerá, ni tan siquiera Yo.
Siempre escribo en papel, hago el esfuerzo de pasarlo al ordenador, sin corregir las caprichosas faltas que toda la vida me llevan acosando. Después de eso, comienza el fin de mis ideas. Atrapadas trágicamente en un container con un bonito icono en forma de din-a4 con la cabeza de un alíen en el centro.
Hablando de encerrar ideas, me acabo de acordar de uno de estos cuentos infantiles que rompen la rutina de la típica caperucita y los malditos cerditos.
Erase que se era unos jóvenes, por no decir niños, que jugaban en los terrenos de una señora mayor, que desgraciadamente sufría una ceguera espantosa, fruto de un incendio a dos manzanas de allí.
Los niños aprovechaban que la vieja dormía prácticamente todo el día para saltar la molesta valla que según su padre, había construido un deforme joven que la vieja tenia como criado.
El escondite, el quemao, balón prisionero…Pocos eran los juegos que no practicaran en esas tardes de otoño.
Un día, cansados de delinquir de forma inocente, alegando que tan solo eran niños, decidieron abordar la terraza trasera para coger algunas fresas maduras que saborear gustosamente.
Fue entonces, ni antes ni después, cuando vieron al Conde Aristóteles.
Los niños sabían quien era porque, la vieja en algunos de sus delirios mandaba a callar insistentemente al Conde.
No podían pensar, aunque no lo hicieran con frecuencia, que aquel Conde era un Loro de pico dorados y plumas azules.
-¡Ja! Semejante bicho es el Conde Aristontoles, ¡Pobre vieja loca!
-Infortunios salgan de tu cuerpo que desgracien tu casa y anulen tu virilidad. Es Aristóteles.
-¿Qué? –Dijo el joven bajo la mirada perpleja de su hermana.
-¿Sabes hablar?-Pregunto la pequeña
-No tan solo repito epitafios. ¡Claro que se hablar! ¿acaso, además de insulsa eres sorda?
-¿Insulsa?- Respondieron entre pregunta y admiración.
-Si, y veo que es genético.
-Dices muchas palabras raras ¿Y ese libro?
-Es un diccionario, o libro de Petete pequeños sátiros peludos.
-¿y para que te lees el diccionario?
-Muy fácil, todos los libros que son escritos y por lo tanto leídos, deben usarse cada poco tiempo o sino, los personajes y palabras que en ellos viven, muere irremediablemente. Es decir, que aquel libro de Rapunzel que lleváis años sin leer ahora será aburrido y fatigoso y no divertido y aventurero como la primera vez que lo leíste.
-Eso es mentira- Dijo el niño frunciendo el ceño.
-(Mirada altiva) Me da igual lo que creas. Lo mismo pasa con el diccionario, me lo leo cada poco tiempo y utilizo las palabras que menos digo, para que puedan ser oídas por otros y estos a su vez repetirlas, hasta la saciedad para que no se pierdan.
(Aquí corto la historia)
Es así de simple, mis escritos guardan muertos e insustanciales, siendo tal que así, que sin ir mas lejos ayer mismo leí, lo que Yo consideraba una historia digna de ser continuada, pero lamentablemente me di cuenta de su precariedad y la poderosa carga infantil que tenia. Ahora mismo aun guarda en la papelera de reciclaje pero no dormirá muchas mas noches ahí…
Así de esta forma, empiezo la casa por el tejado.
No encontrareis nada de lo que buscáis.
